Por Gregorio Moya E.
Las elecciones de medio término que acaban de concluir en los EE. UU. fue un castigo con el voto al gobierno de Donald Trump, sus ínfulas de emperador, sus políticas económicas y sociales, la xenofobia y racismo de su política migratoria y su guerrerismo. Fue un rechazo a un presidente que es considerado por la mayoría como autoritario y hasta como dictador. Fue una derrota al presidente que sabía de la importancia de las elecciones y dijo en algunos escenarios que era él quien estaba en las boletas de medio término.
La población derrotó los centenares de millones de dólares aportado por la oligarquía para elegir candidatos republicanos afectos a Trump. Incluso fue derrotada su promesa de un cheque mucho mayor de 5.000 dólares, condicionado a que los republicanos conserven el control del Congreso.
La gente derrotó también el fraude de las redes sociales aliadas al esquema de Trump y a las amenazas de no aceptar la derrota. También fue derrotado el ofrecimiento de dinero para ganar el voto.
El voto contra Trump arrazó en ciudades donde hacía años no perdían los republicanos. En Kansas ganó un demócrata por primera vez desde 1932. En Texas James Talarico derrotó ampliamente al candidato republicano impuesto por Donald Trump. Lo mismo sucedió en Iowa, Ohio y en el ultra rojo Mississippi un afroamericano está por fracciones sobre la incumbente republicana.
Una persona clave ha sido Bernie
Sanders, que con 83 años libra una batalla contra el trumpismo y la
ultraderecha, y vemos como este esfuerzo titánico se conjuga con jóvenes
relevos. Sanders es un referente alternativo al pensamiento dominante, una
realidad política, y junto al él los Socialistas Democráticos de América (DSA), un espectro que
va desde lo que llaman centro derecha a centro izquierda, incluso algunos con
tendencias anarquistas.
Los socialistas democráticos en EE. UU. (DSA) no han tenido miedo de levantar la bandera del socialismo, de denunciar la oligarquía, de enfrentar el sionismo y denunciar al Estado de Israel, de oponerse abiertamente a la industria de las armas, proponiendo un embargo de armas y otras propuestas para detener el genocidio contra los palestinos. Levantar el derecho a la salud, salario justo y vivienda para la población trabajadora, y enfrentar la xenofobia y el racismo, han venido ganando mayoría, que el maistream del partido demócrata no ha podido impedir.
Es importante resaltar que el partido demócrata es uno de los partidos del gran capital, imperialista, colonizador antiobrero y antipopular, no es de izquierda como señala Trump. Este partido es parte del establishment en EE. UU, intrumento de la oligarquía del gran capital en EEUU. Una organización enemiga de la clase trabajadora, imperialista y colonizadora en toda su historia. Pero ha jugado y juega a la confusión. La gente canalizó el hartazgo y rechazo a Trump y sus magnates desde este partido. Los socialistas democraticos de América se refugian en dicho partido y lograron posicionarse. Todo esto ocurre por la ausencia de una alternativa revolucionaria que actúe de forma independiente del capital y sus instrumentos políticos en ideológicos.
Pero la derrota de Trump, aunque sea por el partido demócrata no es menor. No es menor porque la misma se canalice a través de este partido. Esto ocurre porque no hay una alternativa revolucionaria en EE. UU. y el mundo. La derrota de Hitler no fue menor porque la misma se produjo por la acción conjunta de los soviéticos con el imperialismo angloamericano.
Por otra parte los Socialistas Democráticos de América (DSA) no son un grupo revolucionario, tampoco un grupo homogéneo con una estrategia revolucionaria. Pero los DSA significan un avance de las ideas progresistas con propuestas rompientes desde las perspectivas de los derechos de las clases trabajadoras y desestructuran el modelo actual de Trump. DSA muestra que las batallas por un cambio progresista solo pueden ser victoriosas si se libran abiertamente. De manera que, es importante para los revolucionarios socialistas en EE. UU. y el mundo el diálogo con el progresismo que representa este sector, sin esperar que se conviertan en la vanguardia obrero-popular, pero deben ser integrados en para enfrentar el avance del fascismo en EE. UU. y el mundo.
El voto castigo refleja el hartazgo de la sociedad norteamericana, el rechazo a las políticas de Trump, pero es insuficiente. En EE. UU. la crisis mayor es de alternativa progresista y de dirección revolucionaria, esa es la crisis fundamental en el mundo, y esa es la tarea a la que estamos llamados en cada rincón del mundo, y en mundo que es un sistema de dominación y explotación, el capitalismo, realidad económica y social que no se caerá sola, sino que se necesitan los sujetos revolucionarios organizados por fuera de los sectores de poder, que puedan construir la hegemonía de la clase trabajadora, incluso en diálogo con ese progresismo diverso e informe en muchos casos que representan los socialistas democráticos de América (DSA).


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