Por Gregorio Moya E.
Los inmigrantes no representan ningún peligro. Ningún ser humano, per se, representa un riesgo para otros seres humanos. El peligro es el odio.Lo que es un peligro para un ser humano es el odio de otro ser humano. El peligro para los colectivos humanos es que se infunda odio en otros colectivos humanos y enfrentarlos en lo que puede llamarse luchas fratricidas.
El odio no es una maldad innata; nadie nace odiando, el odio es aprendido. Los odios que afectan y enfrentan colectivos llevan a la misantropía, porque el odio de un colectivo humano a otro es al final odio a toda la humanidad. Los defectos morales, las taras intelectuales, los defectos físico-estéticos que le atribuyo al otro y con lo cual justifico mi odio, son aberraciones de mi forma de evaluar, valorar y ponderar a la humanidad, lo humano, la persona.
El odio es un sentimiento perverso, por tanto pervierte a las personas, provocando antipatía hacia alguien o algo. Quien odia desea mal a quien o lo que odia, rechaza lo odiado, por lo que es antipático. No puede sentir ni conmoverse con el dolor o sufrimiento ajeno, y la alegría del que odia le causa displacer.
Quien odia siente desagrado sin
razón por aquello que odia, o busca cualquier justificación para sustentar su
odio.
Quien odia vive en un disgusto
profundo que no se queda solo en quien odia o lo que odia; esto lo extiende a
sus relaciones y afecta todas las relaciones de dicha persona.
La aversión del que odia lo lleva
a querer reducir, limitar, expulsar y hasta destruir a quien odia y a quienes
les recuerdan o evocan dicho odio. Estos sentimientos son comunes frente a
extranjeros y a los que son étnicamente distintos, sobre todos contra los
negros, o contra los que son más oscuros en nuestra llamada cultura occidental,
europeo y andro céntrica.
El odio genera actitudes de
rechazo y violencia peligrosas, destructivas; es una situación de agresividad
eufórica que produce insatisfacción profunda.
Quien odia es intolerante,
irascible, ciego emocional y anímicamente, insensible a otros sentimientos,
sobre todo los sentimientos de amor.
El odio es discriminatorio. Quien
odia es prejuicioso, excluye de forma arbitraria, segrega y es caprichoso y
antojadizo, quisquilloso; lo que odia le repugna, aunque sea algo hermoso.
El odio se basa en prejuicios y
le da primacía sobre la realidad. Quien odia ama los rumores y las noticias
infundadas y hasta fantasiosas, las historias pasadas y sobre todo
distorsionadas. Ama los mitos que denigran lo que odia. Los odios se solazan en
las teorías y explicaciones conspirativas.
En estos tiempos de afirmación
nacionalista, no sustentada en una identidad propia, se sustenta en el rechazo
del otro, casi siempre vulnerable. Por ello el migrante y el pobre, son los
sujetos escogidos para ser odiados. Les siguen las mujeres, los que tienen distintas
preferencias sexuales y distintas fe religiosa y convicciones políticas. Por
ello los que odian tienen al fanatismo.
Migrantes y pobres son
satanizados; se traen de lejos historias no verificadas y sin sustento que
muestran al odiado como malvado en su naturaleza, en su raza, cultura y
nacionalidad, cuando no en su posición de clase.
El odio al otro por ser migrante,
por su color de piel y condición económica encuentra fundamento en opiniones
preconcebidas, totalmente negativas, que no se sustentan en razones ni siquiera
en experiencias concretas. Se basan en discursos de odio dirigidos a
colectivos, pobres y migrantes, y en nuestra cultura occidental que idealiza la
piel clara asociada a poblaciones de origen europeo y perjura de la piel oscura
y los rasgos del África Subsahariana. Los discursos de odio discriminan,
estigmatizan, excluyen y marginan por raza, nacionalidad y condición social.
Esos discursos de odio expresan
una cultura de dominación y las relaciones de dominación de clase, nación y
etnias. Son continuación de la colonización que continuó en las repúblicas
independizadas de América.
Esos discursos de odio,
identificados con el poder y la dominación, incitan a la violencia, y si se
hacen desde los medios de comunicación y las redes sociales, dichos discursos
escalan y pueden producir reacciones violentas en masas. Igualmente son nocivos
si se hacen desde las instancias de gobierno.
Las personas que odian están
enmarcadas en un sistema ideológico cultural, que es un sistema dominado por
los sectores de poder y las clases dominantes. Pierre Bourdieu planteó que todo
lo que nos gusta o nos disgusta tiene un sentido arraigado en la cultura, en la
formación social, en la cual todas las personas interactúan y se forman como
individuos. Las conductas y comportamientos se explican en la formación social,
en las relaciones sociales y en las relaciones de producción, de intercambio y
poder.
Todas las reacciones, llamados y
declaraciones contra los migrantes se enmarcan en la ideología y cultura
dominante de República Dominicana, la cual es consistente con su estructura
económica y social de capitalismo subdesarrollado y dependiente, con una clase
dominante lacaya y entreguista.
Esa clase dominante se presenta
como patriota, no frente a los que mancillan verdaderamente la nación, los que
de verdad desconocen su soberanía, y con ello los derechos de las almas que
construyen y pueblan el país contra los de abajo, sean estos dominicanos o
extranjeros, peor si son negros y pobres, y encima de ello haitianos.